El fenómeno fascista. Análisis de los factores estatales, sociales e ideológico-filosóficos de su manifestación.

Pese a su tradicional descripción, pobre en términos de pensamiento político, y las sospechas de que este ha sido más bien una forma de praxis no ideológica, un limitado consenso académico ha emergido en torno al fascismo, al cual describe como el cohorte de movimientos europeos de entreguerras, por ejemplo, el fascista italiano o el nacionalsocialista alemán, que sin compartir un programa común y diferir en varios aspectos, coincidían en su violento ultranacionalismo militarista y su visión orgánica revolucionaria de la sociedad que sustentados en una filosofía vitalista, no racionalista, apuntaba al renacer nacional bajo una aleación de elitismo jerárquico-liderista y movilización de masas. (Payne, 2013)

Este consenso sobre el fascismo; sin embargo, no logra incorporar la amplia diversidad de sus definiciones, se asemeja más bien a la de Sternhell, Mosse y Griffin en donde parece predominar el idealismo, el pensamiento político y no los factores sociales de clase, sobre los cuales se fijan tanto las definiciones de Radek, Salvatorelli o Carsten, como omite también el aspecto paramilitar en la definición de Mann (Mann, 2004). A razón de esta ambigüedad; indefinición, si se quiere, se procederá a explicar el fascismo a partir de sus factores, en este caso los estatales, sociales e ideológico-filosóficos, considerando que se puede explicar mejor un fenómeno en el proceso que en sus resultados, cuidando de no despreciar momentos “mutuamente necesarios” de la cosa real en su devenir (Hegel, 1966).

Si bien hubo precursores del fascismo antes de la fundación y ascenso al poder del Partito Nationale Fascista , la aparición de este como concepto se remite a los fasci di combatimento, agrupaciones paramilitares que respondían al caótico y débil estado italiano de entreguerras, al desorden y violencia generalizados del campo, a las tomas de fábricas por parte de las agrupaciones obreras y al “bolchevismo” (Trevor-Roper, 1970; Mann, 2004). Este carácter se podría decir, se replicó en Alemania con las S.A. (Mann, 2004), en Hungría con las “escuadras especiales” durante el terror blanco (Erös, 1970), en España con las F.O.N.S. (Thomas, 1970) ó en Rumania con la Guardia de Hierro (Barbu, 1970), bajo procesos similares, teniendo en común todos su enemistad hacia el comunismo y la conveniencia de esto para las clases dominantes de sus respectivos países, fueran los terratenientes, capitalistas ó el clero propietario haciendo, como concluiría Trevor-Roper (1970), del fascismo:

(…) La respuesta política de la burguesía europea al retroceso económico después de 1918, o, más bien, y más directamente, al temor político causado por este retroceso. Antes que nada fué anticomunista. Vivió y creció en el anticomunismo (…) aparte de su base social y su espíritu anticomunista, tenía poco más que le sirviera de unión. (Trevor-Roper, 1970, p.31)

Es la “base social” del fascismo donde este se arraiga según Mandel (2011) y de la cual se desprende tanto el anticomunismo en lo político como el fenómeno paramilitar, respuesta a la debilidad del estado. Dicho autor analiza el fenómeno desde una óptica marxista donde el estado democrático no es más que el “órgano de dominación política” de la burguesía sobre el proletariado que ejerce este poder de manera ventajosa siempre que se mantenga el “precario equilibrio” de las relaciones económicas que no se sostuvo como consecuencia de las contradicciones del capitalismo que al llegar a su fase monopolista colapsa dada la imposibilidad de acumulación por su inherente tendencia a la sobreproducción. Esto es escenario perfecto para una revolución obrera que sin embargo solo puede ser vencida por la burguesía si un movimiento “de masas” como el fascismo, a través de unidades paramilitares y diferentes elementos represivos la logran dispersar y configurar las fuerzas productivas en favor de los monopolios capitalistas. Esto explicaría satisfactoriamente la diferencia entre el fascismo fuera y dentro del poder (Woolf, 1970), entre aquel que decía “liderar a la clase obrera a un liderazgo eficaz” y aquel que hace reprime al movimiento obrero y concesiona ante las élites (Mann, 2004).

Si bien Mandel (2011) designa un rol a las “capas medias” en el fenómeno fascista, este es meramente secundario pues alega: finalmente beneficia a la clase dominante en detrimento de la clase trabajadora; por su parte, Carsten citado por Mann (2004) si encuentra en estas un papel protagónico y es el fascismo para él un “malestar e inadaptación” ante el capitalismo, por parte de clases medias cuya posición era socavada por el cambio económico; sin embargo, quién cita se verá obligado más adelante a concluir que esta explicación puede relacionarse a su orígen pero no a su desarrollo además de ser insuficiente para puntualizar los motivos de un más proletario partido nacionalsocialista alemán que Mandel (2011) podría explicar con la desmoralización de las “franjas conscientes” de dicha clase producto de la demagogia, el hostigamiento, la vigilancia y el desmantelamiento del socialismo como movimiento político.

Cimentado en una visión de clase también, Trevor-Roper (1970) traza las raíces intelectuales del fascismo al triunfo definitivo de la burguesía en el siglo XIX durante el “estallido liberal”, ideas que habrían, cómo entonces, permanecido en el absurdo de no ser por el cambio en las condiciones objetivas. Con la amenaza bolchevique a la propiedad privada y el colapso económico, las clases medias y altas habrían retomado la ideología del pasado en medio del pánico y esto sería la materia prima para el desarrollo ideológico y filosófico del fascismo. Richard (1993) también encuentra antecedentes específicos del nacionalsocialismo alemán en la concepción bismarckiana del estado de elementos corporativistas, jerárquicos y nacionalistas fijados en la disciplina militar, la cual se vió interrumpida durante el periodo democrático de Weimar producto de la derrota de Alemania el cual se recibió de manera hostil en el ambiente universitario de la época.

La hostilidad hacia el liberalismo que Trevor-Roper (1970) adjudica a la “materia prima del fascismo” es una hostilidad que en terreno ideológico-filosófico sostiene el fascismo desde la perspectiva de Marcuse según Pérez (2002), quién enfocado en Schmitt y Heidegger les considera exponentes principales del existencialismo político, cumpliendo un papel esencial en la transición filosófica del racionalismo liberal al irracionalismo fascista sostenido en el universalismo, el naturalismo y dicho existencialismo que venían gestándose en la Alemania de los años 20 bajo la forma de un vitalismo pseudonietzcheano.

El universalismo que Marcuse expone consiste en someter al individuo a la totalidad del pueblo representado en el líder, mientras que al naturalismo lo describe como esa concepción de un pueblo inalterado y eterno, opuesta a toda idea de procesos y evolución histórica, de la cual emana el deber natural, el impulso incuestionable dado a la acción como derivados necesarios de este. El existencialismo político sirve como sustento último del líder, dónde su situación y por ende la del pueblo es catalogada como “existencial” es decir, arrojada, incuestionable, exenta de toda argumentación, consistiendo en esto su papel crucial en la transición del racionalismo al irracionalismo. (Pérez, 2002)

La definición política de Payne (2013) guarda, a todas luces, una relación con el proceso filosófico-ideológico de transición del racionalismo liberal al irracionalismo fascista que coincide con la concepción de Trevor-Roper (1970) del fascismo como la elaboración de una retoma del antiliberalismo del siglo XIX la cual explica a través de un visor de clase. Este modo de percibir socialmente el fenómeno fascista no es exclusivo del mencionado autor; Mandel (2011) y Carsten (Mann, 2004) perciben sus particulares visiones del fascismo bajo este enfoque; empero, mientras el primero se fija en la relación burguesía-proletariado, el segundo atiende la relación de la clase media con el colapso del capitalismo de entreguerras; siendo ambos capaces de explicar el colapso del estado y por ende el fenómeno paramilitar en el cual el fascismo se manifiesta por primera vez en Italia pero que se repite, con sus respectivas variaciones, en Alemania, España, Rumania, Hungría, a tal punto de ser generalizables a la definición de fascismo. (Mann, 2004; Payne, 2013; Erös, 1970; Thomas, 1970; Barbu, 1970).

Referencias

Barbu, Z. (1970). 7.Rumania. En Woolf, S. J. (Ed.), El fascismo europeo. (pp. 144-163). México D.F.: Editorial Grijalbo, S.A.

Erös, J. (1970). 6.Hungría. En Woolf, S. J. (Ed.), El fascismo europeo. (pp. 122-144). México D.F.: Editorial Grijalbo, S.A.

Hegel, G. W. F. (1966). Fenomenología del Espíritu. México D.F.: Fondo de Cultura Económica.

Mandel, E. (2011). El fascismo. Madrid, España: Akal. Recuperado de http://ezproxy.uninorte.edu.co:2197/a/27856/

Mann, M. (2004). Fascistas. Valencia: Publicaciones de la Universitat de Valencia.

Payne, S. G. (2013). V.Fascismo y racismo. En Ball, T. ;Bellamy, R. (Ed.), Historia del pensamiento político del siglo XX (pp. 1-39). Madrid, España: Akal. Recuperado de http://ezproxy.uninorte.edu.co:2197/a/37665/historia-del-pensamiento-politico-del-siglo-xx

Pérez, A. (2002) El debate sobre el Fascismo en la Escuela de Frankfurt y la crítica de Marcuse al existencialismo político ´ Revista de Filosofía y Teoría Política, 2002 (34), pp.257-264. ISSN 2314-2553. Recuperado de https://www.rfytp.fahce.unlp.edu.ar/article/view/RFyTPn34a32/pdf

Richard, L. (1993). Nazismo y Cultura. México D.F.: Editorial Diana S.A.

Thomas, H. (1970). 13.España. En Woolf, S. J. (Ed.), El fascismo europeo. (pp. 269-290). México D.F.: Editorial Grijalbo, S.A.

Trevor-Roper, H. R. (1970). 2.El fenómeno del fascismo. En Woolf, S. J. (Ed.), El fascismo europeo. (pp. 25-44). México D.F.: Editorial Grijalbo, S.A.

Woolf, S. J. (1970). 1.Introducción. En Woolf, S. J. (Ed.), El fascismo europeo. (pp. 9-25). México D.F.: Editorial Grijalbo, S.A.

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